lunes, 3 de septiembre de 2012

Capítulo 41

Me rasqué la cabeza y abrí los ojos. Era de día, la habitación estaba envuelta en una tenue luz que la persiana había dejado pasar. Miré el reloj que había colgado en la pared. Las siete en punto, tenía media hora para prepararme. Me giré hacia la derecha tumbada en la cama esperando recibir el cálido beso de “Buenos días” de Leo, pero él no estaba allí, había olvidado que dormía con Liam en su estudio.
Me levanté para preparar el desayuno y vi que todas estaban levantadas. Observé toda la habitación y algo me sorprendió. Violeta se dio cuenta y me sonrió.

-Le dije a Nico que no hacía falta que viniera hoy, cada vez tengo más práctica en esta dichosa silla de ruedas.-dijo Violeta contenta.
-Oh, Julieta sin su Romeo.-Bromeó Camila mientras engullía una magdalena.
María se echó a reír y Violeta le hizo un gesto de enfado.
-Es de las pocas veces que somos solo chicas.-murmuró Charlotte.- Ningún chico merodeando por ahí, solo nosotras. Yo me quedo aquí sola bailando.
-Y justo el día en que empezamos la universidad, no podemos dar una fiesta ni nada, también es mala suerte.-dijo María. Camila asintió.
-Tienes razón. Puede que sea la última noche hasta dentro de mucho tiempo sin chicos.-dijo Camila.
-No penséis en eso, dentro de 15 minutos tenemos que estar en el coche.-dije yo, golpeando rápidamente el pie en el suelo nerviosa.
-Tranquila, Amelia, enseguida nos vestiremos.-dijo María.
-Espera, ¿he oído bien?-dije yo sarcástica.- Vosotras, jamás, jamás, jamás en la vida os habéis vestido rápido sabiendo que algún tío bueno os pudiera ver, ósea que arreando a vestirse.
-Buf, está bien, pero solo porque has mencionado a los tíos buenos.-dijo Camila con falsa resignación.
Todas nos reímos.
20 minutos después estábamos entrando en el pick-up aceleradamente.
-Menos mal que os vestís rápido.-dije yo mirando lo excesivamente arregladas que iban María y Camila.
-¿Qué miras? Nunca se sabe donde puede estar el amor de tu vida.-dijo Camila bromeando.
-Ya, pero puede que en vez de mirarte a la cara te mire las tetas, y eso no es agradable.-le dije yo. Violeta se rió de mi broma.
-Querida y inocente Amelia, no sería la primera vez, estoy completamente acostumbrada.
-Como tú veas, solo era un recomendación.-dije yo aproximándome al parking de la universidad.
-Intenta aparcar cerca de la puerta.-dijo Violeta, señalando su silla de ruedas.
-Claro, espero que haya sitio.-dije yo.

-Sí, allí hay uno.-dijo Violeta señalando un hueco entre un deportivo y un familiar viejo.
-Por el momento podemos ver que aquí hay de todo.-dijo Maria contemplando los dos coches.
-Sí.-suspiré yo, pensando en la decisión que tenía que tomar.
-Oye, Amelia, no nos has hablado de a quien elegirás.-me dijo Violeta.
-Ni yo misma lo sé, ese es el gran problema.-dije yo en tono triste.

Entramos en la “Sala de actos” y escuchamos el discurso de bienvenida del director. Después de ir a buscar nuestro horario y de pasar un día agotador llegó la comida y el final de las clases.

-¿Qué? ¿Algún chico?-dije mientras me sentaba en una de las mesas del comedor y miraba a Camila y a María.
-Varios.-dijo Camila risueña.
-Yo he conocido a unas chicas muy simpáticas.-dijo María señalando a un pegote de chicas rubias un par de mesas delante.
-¿Ah, sí?-dijo Nicolas que se acababa de sentar.
-Sí, me dijeron que sí podía comer con ellas y les dije que posiblemente. ¿Os importa?-dijo María con cara de perrito abandonado.
-No, claro que no.-dijimos todos sonriendo.
Liam y Leo aparecieron hablando y se sentaron en la mesa con todos nosotros.
-¿Y María?-preguntó Leo.
-Se ha ido con aquél pegote de chicas rubias que os miran descaradamente.-dije yo.
-Tienen pinta de facilonas.-dijo Liam con cara de asco.
-Y de teñidas.-dijo Camila mirando sus raíces.
-Pijas.-añadió Leo.
-Y rozando la ignoracia.-dije yo al oírlas reír exageradamente.
-Mejor dejad de mirarlas, sino se creerán más importantes de lo que creen que son. La gente así se alimenta de ego.-dijo Nicolas sonriendo a una de ellas con simpatía como si acabara de decir algo agradable.
-Sí, será mejor que dejemos de mirarlas.-dije yo, pero ninguno de nosotros lo hizo. Todos nos quedamos contemplando a aquellas chicas, hechas al 50% de maquillaje, con risas falsas y escandalosas, unas piernas larguísimas y unos bolsos de Prada llenos de dinero.


Al salir hacia casa, Liam y Leo me retuvieron.
-Amelia, necesitamos respuestas. ¿Cuándo las tendremos?-dijo Liam.
-No lo sé. Es una decisión difícil, es mi futuro, los dos me importáis mucho y sois grandísimas personas. Si fuerais dos cualquiera ya hubiera decidido, lo hubiera echado a suertes o algo así. Pero no es así, esto es importante y quiero pensarlo bien, aún así, mañana por la mañana 10 minutos antes de empezar las clases, puede que ya haya decidido.-dije sorprendiéndome a mi misma con esa afirmación.

-Esperaremos impacientes.-dijo Leo sonriéndome, quería besarle, quería besarlos a los dos. Pero no podía, tenía que sufrir y elegir rápidamente para dejar esa agonía, pero no podía hacerlo sin pensar, ¿o quizás sí? ¿Era esa la solución, guiarme por los sentimientos y el corazón y dejar de pensar en cosas inútiles como momentos felices? Suponía que sí.

Después de llegar a casa, decidí irme a pensar a otro sitio. Sabía que era lo que quería pero no encontraba un sitio tranquilo. Finalmente, después de mucho buscar y caminar encontré una cafetería con una pequeña pizarra donde rezaba, escrito en tiza, “Los mejores helados de Stracciatella”.

Entré en la cafetería, era pequeña y parecía antigua. Las sillas y las mesas eran de madera. No había mucha gente y el ambiente era tranquilo. Se oía en un volumen bajo las noticias en el televisor, las páginas del periódico pasar y algún cliente pidiendo café. Después de recorrer todo el local con la mirada, descubrí que tenía bastantes cartelitos de metal con frases célebres, la mayoría de amor.
De entre todas las frases una me llamó la atención, decía así “Hay que escuchar a la cabeza, pero dejar hablar al corazón”, debajo en letra cursiva estaba el nombre de la autora M. Yourcenar.

-¿Desea algo señorita?- Me preguntó una voz de mujer en tono amable.
-Sí.-dije apartando la mirada del cartel.- Un helado de Stracciatella.
-Muy bien, siéntese y ahora se lo traeré.- Miré a la camarera, era una mujer mayor, de unos 50 años. Llevaba el pelo recogido en un moño un poco torcido y era bajita, con algún quilo demás.
Me senté en una de las mesas que había en la esquina y pensé acerca de esa frase. Escuchar a mi corazón. La voz de la camarera me volvió a interrumpir.
-Aquí tienes.-dijo sonriéndome.
-Gracias.-dije con una tono de voz triste.
-¿Te pasa algo, querida? Normalmente las chicas de tu edad no suelen venir por las cafeterías solas y mirando cada una de las frases que hay colgadas.-dijo sonriendo.
Suspiré, ¿se lo contaba? Parecía sabia y seguro que tenía experiencia.
-Puede que si me lo cuentas te pueda ayudar.
Entonces, mientras le contaba como había conocido a Leo y a Liam y todo lo que había pasado, rompí a llorar.

Se sentó a mi lado y me abrazó. Cuando paré de llorar, ella empezó a hablarme.
-En este local no hay ni una sola frase que no sea cierta, esos dos chicos son estupendos pero es imposible amar a dos personas lo mismo y de la misma forma. Yo no puedo saber lo que sientes con exactitud, pero sé que estás confusa. No pienses en quien es más guapo, más perfecto, quien te cae mejor. Piensa en tus sentimientos, la pasión, la atracción, el amor.-susurró.
-¿Cómo escuchó a mi corazón? Hasta ahora nunca ha abierto la boca.-le dije.
-Te equivocas, cuando te enamoraste de Liam y de Leo te habló, te dijo que esos chicos eran perfectos.
-Pues preferiría que se hubiera callado y hubiera seguido bombeando sangre en vez de decir tonterías.
-Ahora te parece una tontería, pero ¿y ese anillo, lo es?
-No, no es ninguna tontería, algo precipitado sí, pero no una tontería.
-Habla con la almohada, con la luna, con tu corazón, con tus amigas, incluso si quieres ven a mi casa a medianoche, ¿vale?
-De acuerdo.-dije yo tomándome una cucharada de helado.
-Bien, ahora disfruta de tu helado. Por cierto, creo que tengo una placa para ti, te la regalo.-dijo metiéndose por la puerta seguramente del almacén.
Enseguida llegó con una caja de cartón.
-Puedes colgarla en tu habitación.-dijo ella con una sonrisa tendiéndome la caja.- Ábrelo cuando llegues a tu casa.
-Claro, muchas gracias.
-No es nada.
-¿Me harías un favor?
-Sí, dime.
-Podrás venir dentro de un mes y decirme como ha acabado esta historia.
Me reí.
-Sí, volveré con todas mis amigas para que conozcan este sitio y le contaré a usted como ha acabado esto.
-Bien.-dijo ella con una sonrisa.
Se marchó a atender a un anciano en la mesa de al lado y yo seguí tomándome el delicioso helado de Stracciatella.
Cuando salí de la cafetería me despedí de Sarah, que era como se llamaba aquella camarera y pedí un taxi para llegar a casa. Estaba cansada y aquella caja de cartón pesaba.

El taxista conducía y de fondo se oía la canción “A Message” de Coldplay.
Empezó a cantar y reconocí la voz de Zack, me quedé sorprendida y le miré de reojo. Era Zack.
-¿Por qué me hiciste esto, Amelia? Me mandaste una maldita puta para que se puliera todo mi dinero.
-¿Lidia?
-Sí, Lidia. A cambio de su noviazgo todas las semanas miles de euros desaparecían de la cuenta de mis padres y este es mi castigo, trabajar de taxista.
-¿Has roto con ella?-pregunté triste por la noticia.
-No, más bien ella me dejó a mí. Yo me enamoré de ella, era espabilada e inteligente. No era cursi ni pegajosa, no me importaba que se gastara miles de euros para lucirse. Pero mis padres decidieron que se acababa el dinero y que me tenía que buscar la vida y ella me dijo que sin dinero ella se sentía vacía y que ya encontraría a otro. Se llevó todos sus vestidos caros y se marchó.
-¿Hace cuanto que sucedío eso?
-Unas semanas.
-Zack lo siento, pensé que en el fondo haríais buena pareja, que Lidia asentaría la cabeza. Ha tenido una vida tan intensa, violencia, drogas, pobreza, ha sufrido mucho, aunque ella no lo admita.
-¿Le podrías preguntar a Camila si quiere volver a salir conmigo?-dijo él tras un silencio.
-Zack, no sé, esa relación no acabó bien, no creo que…
-Amelia, me debes una, estoy trabajando de taxista por tu culpa y no tengo novia.-me dijo él con tristeza.
-Está bien, se lo preguntaré, pero no prometo nada.
-Gracias.-dijo Zack parando enfrente de mi casa.- Dile que me llame, que quiero disculparme.
-Adiós.-dije bajando del taxi.- Suerte.
-Adiós.-dijo él en un susurro.
Subí en el ascensor, abrí la puerta del piso y me desplomé en el sofá.
-Pero si es Amelia, la desaparecida.-dijo Camila en tono de burla.
-Fui a tomarme un helado de Stracciatella.-dije yo.
-¿Sin nosotras? Eso no tiene perdón.-dijo María.
-Necesitaba estar sola. Pero os he traído una tarrina.-dije sacando la tarrina.- Metedla en el congelador antes de que se descongele.
-Ya voy.-dijo Violeta.
-¿Y esa caja?-dijo Charlotte.
Todas se sentaron a mi alrededor y me sentí importante. De fondo muy bajito se oía alguna canción de los Beatles y empecé a contarles mi gran aventura, incluído el descubrimiento de Zack hecho un taxista.
-Bueno, pues es hora de ver que pone en la placa.-dijo Camila impaciente.
-Allá voy.-dije destapándola. Leí en voz alta cada palabra y me puse a llorar, no sé muy bien por qué.- Uno no puede hacer nada por las personas que ama, solo seguir amándolas. Fernando Savater.
Nos fundimos en un abrazo y todas lloraron conmigo por alguna razón que aún ahora seguimos sin comprender.

Capítulo 42 aquí.

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